Por Josué Fernán
Cuando Jesús finalmente entró en Betania, Lázaro llevaba ya cuatro días muerto. El ambiente en la casa era denso: una mezcla de llantos, lamentos y el olor de los ungüentos funerarios impregnaba el lugar.
Marta y María, hermanas de Lázaro, no ocultaron su reclamo doliente al ver al maestro: “Si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Un gran número de judíos que acompañaban a la familia cuestionaban lo mismo: ¿por qué el que había hecho tantos milagros no pudo evitar la muerte de su amigo?
Sin embargo, el misterio se intensifica con un detalle que revela el evangelio: Jesús sabía que Lázaro estaba enfermo, y aun así se quedó dos días más donde estaba. Cuando decidió ir a Betania, sabía que llegaría tarde. Esta demora no fue accidental, sino intencional.
Al llegar al sepulcro, ante la mirada expectante de la multitud y la pena de las hermanas, el maestro no pronunció palabra. Simplemente, Jesús lloró.
Y aquí reside el núcleo de esta paradoja. Desde nuestra perspectiva histórica, estas lágrimas parecen inexplicables. ¿Por qué llorar por una tragedia que él está a punto de revertir? Jesús sabía que iba a resucitarlo y, sin embargo, llora.
Juan 11:35 es el versículo más breve de la Biblia, pero quizá el más revelador sobre la humanidad de Cristo. Pese a su brevedad, encierra una profundidad extraordinaria: Jesús lloró porque asumió nuestra fragilidad ante la muerte, especialmente ante la partida de quienes amamos. Experimentó el desgarro de perder a un amigo al que -según la Escritura- él amaba y con quien había compartido la vida. Su divinidad no anuló su empatía; al contrario, hizo suyo el dolor de quienes lo rodeaban.
Pero algo más intenso emerge: Jesús experimentó las atroces consecuencias del pecado en el mundo. Sintió una tristeza aguda por la condición mortal de la humanidad y por el sufrimiento acumulado a lo largo de los siglos. Encaró un abismo que él había venido a vencer, pero cuyos efectos devastadores se manifestaban allí, ante su vista, con crudeza.
En esta historia descubrimos una lección trascendente: la fe en Dios no anula las emociones humanas. Llorar por la pérdida de un ser querido no significa falta de fe ni duda. Incluso cuando Dios parece llegar tarde a nuestra crisis, su amor se manifiesta. Somos frágiles ante la muerte como consecuencia del pecado y por eso sentimos un dolor profundo; sin embargo, sostenemos la esperanza de que Cristo ya venció la muerte y promete la resurrección a los que creen en él. La resurrección de Lázaro no fue un hecho aislado, sino un anticipo de lo que vendrá.
Estas verdades nos otorgan fortaleza y consuelo al afrontar la ausencia de un ser amado. Nuestro llanto no es como el de quienes no tienen esperanza; es el llanto de quien sabe que la separación es temporal, pero duele en el presente. Nadie debe sentirse mal por ello; Dios conoce nuestro dolor y lo comprende.
Josué Fernán es Ministro religioso y escritor. Actualmente estudia un doctorado en Teología
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