Por Josué Fernán
El pasado mes de octubre de este año, en el estado de Veracruz, México, una mujer fue sentenciada a 20 años de prisión por colaborar en el asesinato de su propia familia. Fue ella la que les abrió la puerta de su casa a los asesinos. Fueron siete familiares cercanos: su papá, mamá, dos hermanos, su hermana, su cuñada y un sobrino. Este acto vil ocurrió en el año 2022, el motivo: ser la única dueña de los prósperos negocios de su familia.
Resulta incomprensible cómo el valor de unas propiedades puede pesar más que la sangre de los padres y hermanos. La sentencia de 20 años es ínfima comparada con el crimen perpetrado. Es deplorable que sucesos como este se repitan con frecuencia en nuestras ciudades. Y nos lleva a cuestionarnos ¿Cómo puede Dios amar a personas que realizan actos viles como el de esta mujer? Esta pregunta demanda una reflexión profunda sobre el actuar divino en dichos casos. Para responder a esto, primero debemos analizar una confusión conceptual: la que equipara el amor con la aprobación.
En nuestra experiencia cotidiana, el amor es una reacción. Llegamos a amar a otro por sus acciones: por su bondad, por la ayuda que nos ha brindado, por la amabilidad de su trato. Por el contrario, una persona que nos ha perjudicado y atentado en nuestra contra despierta odio. Por lo tanto, bajo esta lógica humana, nos resulta inverosímil amar a una mujer que colaboró en la muerte de su familia. Y es aquí donde cometemos el error fundamental. Proyectamos en Dios nuestra lógica humana; asumimos que él opera bajo ese mismo sistema de reacción. Y que si nosotros no podemos amar a esa mujer por lo que hizo, entonces, tampoco Dios puede.
Contrario a nuestra lógica humana, el amor de Dios no es una respuesta al mérito, sino una emanación incondicional de su propia esencia: Él es amor. Jesús mismo hizo una declaración poderosa para describir esta naturaleza: “para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mt 5:45). Dios obra el bien sin distinción. No revisa la moral del agricultor para decidir si le dará el Sol o la lluvia. Él solo los da. Es una fuente inagotable de bien y amor. Una constante como la luz del sol.
Un acto perverso, como el de la mujer mencionada en la introducción, no puede opacar ni mucho menos apagar el brillo del amor de Dios. El mal no es una ausencia de la luz, sino el rechazo de luz. Es darle la espalda y esconderse de él. Pero Dios seguirá allí.
Pero qué pasa con las víctimas de los actos atroces como la familia que fue asesinada. ¿Dónde está el amor y la justicia de Dios para ellos? ¿Amar a la mujer causante no es darle una bofetada a los que fueron asesinados? ¿Cómo podemos reconciliar el amor de Dios en este caso? Nuevamente nuestra lógica humana nos entrampa. Asumimos que Dios tiene que elegir entre amar a la víctima o al perpetrador. Entre el amor y la justicia. Pero la justicia también es un atributo del carácter de Dios. Él es justo. Así que su amor conlleva justicia. No tiene que elegir entre las dos. Ambos forman parte de su ser.
“Porque Jehová es justo, y ama la justicia” (Salmos 11:7).
Es por su amor a las víctimas que su ira se enciende por el acto vil y demanda justicia por su asesinato. Que la cuenta quede saldada. Y saldar la cuenta es castigar al responsable. El amor que Dios tiene por la mujer culpable no es un permiso para pecar, sino la gracia redentora que busca el rescate de los extraviados en el pecado.
“Sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).
La voluntad de Dios es que el pecador se arrepienta y deje de obrar el mal. Dios ofrece su perdón a los sinceros arrepentidos. Cuando sucede así, el castigo que merecía esa persona, Cristo lo toma sobre sí y presenta su muerte en la cruz como el pago. Así queda saldada la cuenta para el pecador. Pero cuando el culpable no se arrepiente de su maldad, no hay nada ni nadie que detenga la ira de Dios sobre él.
“Tarde o temprano, el malo será castigado; Mas la descendencia de los justos será librada” (Proverbios 11:21).
Hasta aquí hemos examinado que el discernimiento de Dios diverge del nuestro. Él es amor y justicia. Redime y castiga. Como la fuente de amor universal ama a todos los hombres, pero asimismo castiga la maldad y hace justicia por su amor a las víctimas. Por lo tanto, nuestro llamado es a confiar en estos dos atributos. En que su amor por la víctima es tan feroz que su justicia es inevitable y perfecta. Y en que su amor por el malo es tan profundo que su gracia es incomprensible y accesible.
Josué Fernán es Ministro religioso y escritor. Actualmente estudia un doctorado en Teología



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