por Josué I. Fernan
En 1968, el hallazgo de un osario con restos humanos en Jerusalén proporcionó la primera evidencia física de uno de los métodos de ejecución más crueles del imperio romano, la crucifixión, arrojando nueva luz sobre este castigo. Este hallazgo no solo confirmó la veracidad de las descripciones históricas, sino que también aportó detalles que permiten comprender con mayor precisión los relatos evangélicos sobre la muerte de Jesús.
La crucifixión de Jesús bajo las órdenes de Poncio Pilato fue un suceso notorio y ampliamente divulgado por los cuatro evangelios. Sin embargo, fuera de estos escritos, es poco lo que se sabe de la crucifixión a través de otras fuentes históricas. Por ello, en este artículo exploraremos qué datos adicionales ofrecen dichos textos y qué otras evidencias físicas se han encontrado.
De acuerdo con diversas fuentes históricas, los romanos empleaban, a menudo, la crucifixión para castigar a personas acusadas de delitos graves como amenazas al orden social, bandidaje y sedición contra el imperio.[i] Cabe señalar que si bien los romanos propagaron esta práctica, no fueron sus inventores, ya que la crucifixión fue utilizada anteriormente por los griegos, cartagineses y persas como método de castigo para traidores y enemigos. Se trataba de un método atroz y sanguinario en el cual la víctima era humillada y escarnecida en presencia de los espectadores, sufriendo una muerte paulatina por desangramiento.
Aunque no existía un patrón único, la práctica habitual del ejército romano para infligir este castigo consistía en levantar una viga vertical con un travesaño. Este se sujetaba en la parte superior para darle la forma de una T, o justo debajo de la misma, asemejando la cruz cristiana tradicional. No obstante, también existieron otras formas, como la cruz en forma de X o un simple poste vertical.[ii]

Pero este castigo no se limitaba a la ejecución en sí misma. Antes de ser crucificado, el condenado era sometido a castigos severos. Bajo un sol agotador, se le obligaba a cargar su propia cruz hasta el lugar de la ejecución, que solía ser un lugar desolado a las afueras de la población. Esto concuerda con la narración de los evangelios sobre Jesús; sin embargo, estos también relatan que fue ayudado por Simón de Cirene (Jn 19:17). Además, la víctima era desnudada para ser humillada y escarnecida públicamente. De acuerdo con el evangelio de Mateo, los soldados despojaron a Jesús de su ropa y luego “repartieron entre sí sus vestidos” (Mt 27:35). Sumado a esto, en ciertas ocasiones, se colocaba un cartel en la cruz o alrededor del cuello de la víctima para anunciar el crimen (Suetonio, cal. 32.2), tal como, según el evangelio de Juan, Pilato ordenó colocar: “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos” (Jn 19:19). Este ritual de degradación era solo el preludio del tormento final que le esperaba al condenado en la cruz.
Ya en el sitio de la ejecución, la víctima era atada o clavada a la cruz, con los brazos extendidos a una viga horizontal y los pies o los talones en la vertical. En algunos casos le colocaban un pequeño asiento de madera para apoyar el cuerpo y así prolongar la agonía, evitando una muerte rápida por asfixia. En consecuencia, las víctimas podían permanecer vivas durante días, expuestas al sol, el frío nocturno y a las aves de presa que, atraídas por la sangre, les arrancaban la carne, incluso los ojos. La pérdida de sangre era, a menudo, la causa final que ponía fin a una agonía indescriptible.
Era precisamente esta brutalidad la que convertía a la crucifixión en un castigo repugnante para la propia sociedad romana. El conocido escritor y orador romano Cicerón la llamó “el castigo de los esclavos” y declaró en su discurso legal “Contra Gayo Verres”: “Es la pena más cruel y repugnante” en el que las víctimas “morían en dolor y agonía” por las “torturas infringidas por los clavos” (verr. 2.5.64.165-70). Asimismo, consideraba que la palabra “cruz” debería estar muy alejada no sólo del cuerpo de un ciudadano romano sino también de sus “pensamientos, de sus ojos y de sus oídos”. Para Lucio Séneca, era preferible el suicidio a un sufrimiento tan extremo y prolongado como el de la crucifixión.[iii] Por esta razón, esta técnica de ejecución solo se aplicaba a esclavos y criminales extranjeros, pero casi nunca a ciudadanos romanos.
Un claro ejemplo de esta brutalidad reside en que la crucifixión no se efectuaba de una sola manera. Por ejemplo, los romanos crucificaban a sus víctimas en diferentes posiciones y utilizaban patrones diversos de cruces. Un testimonio explícito es del filósofo y orador romano Marco Anneo Séneca. En uno de sus tratados morales declara lo siguiente:
“Veo cruces ante mí, no todas son iguales, sino hechas de manera diferente… Algunos cuelgan a un hombre cabeza abajo, otros clavan un palo por la ingle, algunos le extienden los brazos sobre una horca bifurcada. Veo cuerdas, látigos e instrumentos de tortura para cada miembro y cada articulación”. (Marcia 20.3).
Otro testimonio relevante proviene del historiador judío Flavio Josefo, quien, al narrar el destino de los judíos fugitivos del asedio de Jerusalén, señaló:
“Azotados y sometidos antes de la muerte a todas las torturas,finalmente fueron crucificados a la vista de la muralla de Jerusalén. Tito se dio cuenta del horror de lo que estaba sucediendo, pues cada día caían en sus manos 500 prisioneros, a veces incluso más… Los propios soldados, por rabia y amargura, clavaron a sus víctimas en diferentes posturas como una broma macabra, hasta que debido a la gran cantidad de prisioneros no hubo lugar para las cruces ni cruces para los cuerpos”. (JW 5.449-51).
En conjunto, los testimonios de Séneca y Josefo revelan que la crucifixión romana no seguía un patrón único, sino que se adaptaba a las circunstancias, intenciones y, a la crueldad del momento. Las variaciones en la posición del cuerpo, la forma de la cruz y el uso de distintos métodos de tortura exponen que este castigo no solo buscaba la muerte del condenado, sino también su humillación y el máximo sufrimiento posible. Morir crucificado era el final que ninguna persona, en absoluto, deseaba para sí.
Sin embargo, y a pesar de la abundancia de testimonios escritos como los de Séneca y Josefo, no existía evidencia arqueológica que lo corroborara. No fue sino hasta 1968 que arqueólogos descubrieron cuatro tumbas rupestres al norte de Jerusalén. Una de ellas pertenecía a un hombre llamado Jehohanan, quien tenía entre veinticuatro y veintiocho años cuando fue crucificado en el siglo I d. C.[iv] Tras un análisis minucioso, especialistas de la Universidad Hebrea de Jerusalén descubrieron lo siguiente:[v]
- Los antebrazos fueron clavados en un travesaño.
- Las piernas habían sido presionadas juntas, dobladas y torcidas de modo que las pantorrillas estuvieran paralelas al patíbulo.
- Los pies estaban asegurados a la cruz con un clavo de hierro clavado simultáneamente a través de ambos talones.
- Es evidente que Jehohanan había sido clavado en una cruz de madera de olivo con el pie derecho sobre el izquierdo.
- Mientras Jehohanan estaba en la cruz, presumiblemente después de un intervalo de algún tiempo, se fracturó las piernas. Un golpe contundente de un arma maciza le dio el golpe de gracia, destrozando las espinillas derechas en astillas y fracturando las izquierdas.

Estos hallazgos son cruciales, ya que el caso de Jehohanan aporta evidencia arqueológica a la descripción de los evangelios sobre la crucifixión. La posición de los brazos, la presencia de un clavo atravesando ambos talones y la fractura posterior de las piernas concuerdan directamente con las imágenes que los evangelios describen (Jn 19:32). Asimismo, el enterramiento en un osario demuestra que el cuerpo de un crucificado podía ser entregado a la familia, lo cual coincide con el relato de José de Arimatea quien pidió el cuerpo de Jesús para colocarlo en un sepulcro de su propiedad (Mt 27:57-61). En un mundo que a menudo busca desacreditar la fe, este tipo de evidencia arqueológica se convierte en un poderoso testimonio de la fiabilidad histórica de los Evangelios.
En definitiva, los testimonios históricos y las evidencias arqueológicas analizadas en este artículo contribuyen a un mejor entendimiento de la forma en que Jesús experimentó la crucifixión. La confirmación de que los relatos evangélicos describen con precisión un método históricamente practicado fortalece la confianza en la veracidad del testimonio bíblico. No obstante, más allá del dato histórico, el contraste entre la indignidad de la cruz y la dignidad del Hijo de Dios que la soportó voluntariamente, aunado al reconocimiento de la crueldad, el horror y la brutalidad inherentes a la muerte de Cristo, nos lleva a una admiración exorbitante por su sacrificio excelso en favor de la humanidad.
Josué I. Fernán es Ministro religioso y escritor.
[i] Joel B. Green, ed., Dictionary of Jesus and the Gospels, 2. ed, The IVP Bible Dictionary Series (Downers Grove, Ill.: IVP, 2013),174.
[ii] Dictionary of Jesus and the Gospels.
[iii] David Noel Freedman, The Anchor Bible Dictionary. 2: D-G (New York London Toronto: Doubleday, 1992), 1209.
[iv] John McRay, Archaeology and the New Testament (Grand Rapids, Mich: Baker Book House, 1991), 204.
[v]J. H. Charlesworth, Jesus and Jehohanan: An Archaeological Note on Crucifixion, The expository Times 84 (1973), 147-50.



Deja un comentario