Por Josué Fernán
Hace algunos años, una tía abuela perdió a su hijo mayor. Fue un golpe demoledor para toda la familia, pero para nadie lo fue tanto como para ella. Era la madre y, lógicamente, fue quien más sufrió la pérdida. En su dolor, colocó un retrato de mi tío en su recámara y todos los días le ponía un plato de comida enfrente de su foto. Ella decía: “Quizá mi hijo tiene hambre”. Otros días, pensando que tal vez tuviera sed, colocaba un vaso de agua. Fue un ritual que mantuvo por varios meses.
Quizá tú también hayas presenciado algo similar en tu familia o entre tus conocidos. Aquí en México, el 1 y 2 de noviembre de cada año, miles de personas acuden a los cementerios de sus localidades para llevar comida, bebida, objetos y música a sus seres queridos. Lo hacen bajo la creencia de que ellos los observan, los escuchan y disfrutan de esas ofrendas. Para estas personas, es una forma de recordarlos, honrarlos y seguir en contacto con ellos. Es una manera de demostrarles que no los han olvidado y que siguen presentes en sus vidas.
Esta tradición es común en muchos países, pero ¿qué dice la Biblia sobre esta práctica? La postura bíblica es clara y, para varios, su firmeza puede sorprenderlos.
La postura bíblica sobre contactar a los muertos se presenta como una prohibición fundamental en el Antiguo Testamento. La enseñanza más notoría se encuentra en Deuteronomio, donde Dios ordena a su pueblo:
“No sea hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos. Porque es abominación para con Jehová cualquiera que hace estas cosas”. Deuteronomio 18:10-12
El pasaje es explícito. Dios repudia la necromancia (consultar o invocar a los muertos) porque era una práctica de las otras naciones, que no conocían al Dios verdadero. Estos pueblos confiaban en adivinos y magos para invocar a los fallecidos en busca de guía. El problema de fondo era que esta práctica reemplazaba la dirección divina por la del ocultismo. La advertencia para los Israelitas era, precisamente, no aprender estas usanzas al entrar en contacto con ellos. El resultado de hacerlo sería ser desechado por Dios, al igual que esas naciones.
Las Escrituras registran un relato trágico como consecuencia de violar este mandato divino: la historia del primer rey de Israel, Saúl[1]. Acampando para la batalla contra los filisteos -un enemigo histórico del pueblo de Israel-, Saúl se llenó de temor al ver la fortaleza y el tamaño de su ejército. Enseguida buscó consultar a Dios. Sin embargo, Dios no le respondió “ni por sueños, ni por Urim, ni por profetas[2]“. Su intermediario hasta entonces, el profeta Samuel, ya había muerto. Así que pensó en una opción diferente.
Allí comenzó el declive de su fe y sus principios: pidió a sus criados que buscaran a una adivina. El mismo rey que tiempo atrás había expulsado a los evocadores y adivinos de Israel, ahora estaba violando su propio decreto y el mandato divino. Disfrazado, buscó a una médium en Endor para pedirle que invocara al profeta Samuel. El espíritu que apareció, que por supuesto no era Samuel, no solo no le ofreció consejo ni estrategia, sino que le confirmó la pérdida de su reino y le sentenció su muerte y la de sus hijos. El libro de Crónicas declara que consultar a una adivina para invocar a un muerto fue una de las causas por las que Dios permitió que muriera[3].

El espiritismo (la idea de contactar a los muertos) se fundamenta en el concepto de que el espíritu no muere con el cuerpo, sino que queda consciente. No obstante, la biblia enseña todo lo contrario. El Antiguo Testamento niega rotundamente que haya conciencia después de la muerte:
“Porque los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria es puesta en olvido. También su amor y su odio y su envidia fenecieron ya; y nunca más tendrán parte en todo lo que se hace debajo del sol”. Eclesiastés 9:5-6.
Queda claro que no hay conciencia después de la muerte. Intentar contactar a los muertos se convierte así no solo en una práctica inútil, sino en una que desvía nuestra fe y confianza del Dios vivo. Es el trágico error de Saúl: su pecado fue buscar dirección en la fuente equivocada. Porque, a diferencia de los muertos que nada saben, Dios todo lo conoce y ha prometido guía y consuelo a quienes lo consultan.
Este mandato de consultar al Dios vivo, y no a los muertos, no era una idea nueva en la época de Saúl. Siglos antes, el profeta Isaías había abordado esta misma desviación:
Y si os dijeren: Preguntad a los encantadores y a los adivinos, que susurran hablando, responded: ¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos? Isaías 8:19.
La pregunta de Isaías es retórica y expone lo absurdo de la situación. Dios está siempre disponible para auxiliar a sus hijos en momentos de angustia y necesidad. ¿Por qué, entonces, buscaríamos la ayuda de humanos mortales —como los adivinos— o de quienes ya no tienen conciencia —los muertos—, cuando tenemos a un Padre inmortal que todo lo puede? El profeta nos recuerda que él es un Dios celoso que demanda toda nuestra atención y adoración.
Esto nos lleva a una pregunta fundamental ¿cómo podemos nosotros, siendo humanos, acercarnos a un Dios santo y todo poderoso? El Nuevo Testamento nos da la respuesta:
“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”. 1 Timoteo 2:5
La palabra clave es “mediador”. Un mediador es quien une a dos partes en un conflicto. Esta obra especial de mediación solo pudo ser realizada por Jesucristo. Al ser hombre y también Dios, fue el único capaz de vivir una vida perfecta y pagar el precio del pecado mediante su muerte en la cruz, reconciliando así a la humanidad con Dios. No se accede a Dios por cualquier persona o método. Nadie más ha sido designado para esta función. Es esta verdad la que finalmente le da sentido a las prohibiciones y nos muestra el camino para acercarnos al Dios vivo.
El dolor por la pérdida de un ser querido es real y el deseo de seguir en contacto con ellos es humano. Sin embargo, la Biblia traza una línea clara. Nos enseña que los muertos “nada saben”, haciendo que cualquier intento de contactarlos sea inútil. Además, nos advierte que esta práctica es una desviación de la fe, como lo demuestra el error de Saúl al buscar en la fuente equivocada.
En lugar de buscar guía en el silencio del sepulcro, la Escritura nos invita a consultar al Dios vivo. Él es quien todo lo conoce y ha provisto el único y perfecto camino de acceso: Jesucristo, nuestro mediador. Por lo tanto la verdadera guía, el consuelo y la esperanza no se encuentran en los muertos, sino en el Salvador que venció la muerte.
Josué Fernán es Ministro religioso y escritor. Actualmente estudia un doctorado en Teología
[1] 1 Samuel 28:3-25.
[2] 1 Samuel 28: 6
[3] 1 Crónicas 10:13-14



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